La fuerza para superar un severo cuadro de ACV

Fuente: elciudadano | Fecha: 2018-04-16

El día en que esta entrevista  fue pactada, Luis María escribió por un mensaje de Whatsapp: “Avisen unos minutos antes de llegar”. Vive en un primer piso y se le dificulta poder bajar y subir las escaleras. El 18 de octubre de 2005 tuvo un accidente cerebrovascular (ACV) que lo dejó postrado. En ese momento, tenía 21 años. Hoy tiene 33: puede caminar con ayuda de sus muletas o su silla de ruedas mecánica. En 2016 se recibió de abogado y está terminando algunos detalles de un libro que cuenta la historia de su vida: “Desde adentro”.

 

El día D

El 18 de octubre de 2005 Luis María Mondino estaba estudiando en su casa. Cursaba el tercer año de la carrera de Derecho. Estaba solo. Su mamá y su hermana mayor habían viajado a Casilda por cuestiones laborales. Su otro hermano estaba trabajando. Comenzó a sentir un fuerte hormigueo en una de sus piernas. Hablaba con dificultad. Llamó a su madre y le aconsejó que se tome un vaso de agua con azúcar y que llame al 107.

Luis, en ese momento, pensaba que cuando llegara la ambulancia alguien tenía que abrirles. Caminó unos pasos hasta la entrada de su casa y dejó la puerta entreabierta. Esa fue la última vez que caminó solo sin ayuda de nadie ni de nada.

“No podía tragar y me costaba hablar. Me sentía muy mal. Llamé al sistema de emergencias. Llegaron rápido. También llegaron mi hermano y mi cuñada. Me trasladaron al Hospital Carrasco. No supieron diagnosticarme y me derivaron al Heca. Estaba casi inconsciente. Después de casi una semana me diagnosticaron un ACV isquémico”, rememoró.

Un ACV o derrame cerebral ocurre cuando se interrumpe el flujo de sangre al cerebro (accidente cerebrovascular isquémico) o cuando se rompe un vaso sanguíneo (accidente cerebrovascular hemorrágico).

En el Heca estuvo dos semanas en terapia intensiva y la mayor parte del tiempo estuvo dormido. Al tiempo lo pasaron a una habitación común donde estuvo más de un mes sin poder moverse ni hablar. Sólo miraba el techo.

Atormentado por todo lo que estaba pasando, en un destello de consciencia, Luis María se preguntó si se podía tratar del final de su vida.  Pero se sintió bendecido por haber llevado, en sus 21 años, una vida normal.

El parte médico no era alentador. “De ésta noche no pasa”, fue el diagnóstico que le dieron a su familia.

Le realizaron una traqueotomía y le pusieron  una sonda para poder alimentarlo. Al tiempo le dieron el alta y de a poco, muy de a poco, empezó a manifestarse. “En 2007 señalaba lo que necesitaba y recién en 2011, empezó a esbozar algunas palabras”, contó.

Alicia, su mamá, consiguió que le dieran una beca en la Fundación Fleni, en Buenos Aires. Allí pasó tres meses con un tratamiento y una rehabilitación intensiva. Y volvió a Rosario, a su casa.

 

Una silla para Luisma

En 2008, sus amigos hicieron una cruzada para recaudar fondos y poder comprarle una silla de ruedas mecánica. Entre rifas, té canastas y partidos de fútbol, lo lograron. Y el 26 de septiembre, el día de su cumpleaños, se la regalaron.

La silla mecánica le trajo autonomía. “Desde 2009 y hasta 2013, iba solo todos los días al cine del Alto Rosario. Salía desde mi casa, costeaba las calles con la silla de ruedas que me regalaron mis amigos y llegaba al shopping. Me dejaban entrar gratis”, recordó Luis.

Aunque algunas veces no la pasaba tan bien. Lo preocupaba a que le surja algún desperfecto técnico a la silla mecánica.

 

Mi hijo “el dotor”

Incentivado por su familia y principalmente por su madre, a fines de 2006 retomó sus estudios en la facultad de abogacía. “Empecé a rendir tres materias por año. En 2016 rendí la última materia y me recibí de abogado. Se me hace cuesta arriba entrar al mundo laboral. No necesito «distraerme», como dicen algunos, quiero un trabajo y un sueldo digno”, explicó.

En septiembre de 2014, Luis María perdió a su mamá. Murió de cáncer de mama. “Estaba internada en el sanatorio y la última noche me quedé con ella. No pudo ver algunos de mis logros. Pero siempre está, de alguna forma me acompaña”, aseguró.

 

Un día llegó el amor

Luis María vive con su perra Chicha: de tamaño mediano, color negro, ojos marrones, simpática y cariñosa. “Siempre sacaba a pasear a Chicha al Parque España.  Estaba preocupado porque tenía que presentar unos papeles para un concurso. Se acercó una chica con su perra y empezamos a hablar. Hice unos videos de las perras jugando y le pedí el Facebook para pasárselo”, rememoró Luis.

No todo terminó allí sino que todo empezó. Comenzaron a juntarse en el parque para pasear a sus respectivas perras. Entre paseos perrunos se enamoraron. Luis de Verónica y Verónica de Luis.

Desde julio de 2015 están viviendo en pareja. Lo que más le gusta de ella es su personalidad. “Desde que la conocí me gustó. Es muy buena persona”, dijo con una gran sonrisa.

 

Superarse día a día

En la vida de Luis, sus hermanos Julieta y Patricio, siempre están presentes. Es la parte de la familia de sangre que le quedó. Cada uno tiene su vida pero eso no quita que  siempre le mandan un mensaje o lo llamen para saber cómo está o si necesita algo.

Durante la entrevista, Luis María no dejó de mostrar una carpeta de color negra, de tapa dura, con muchas hojas: allí está escrito lo que vivió desde que sufrió el ACV, en 2005.  Uno de sus sueños es poder publicar su libro y dar charlas sobre su historia de vida y demostrar que se puede.

También añora trabajar como abogado y con volver a jugar un picadito.

En un instante la vida de Luis María cambió por completo. El ACV le paralizó la mayor parte del cuerpo, no volvió a ver con precisión, ni puede escribir de manera normal. Se ayuda de muletas o de la silla de ruedas a motor para trasladarse.

Hoy Luis María se considera renacido, con nuevos ideales y valores. De a poco y con una fuerza de voluntad inquebrantable le saca la lengua a la vida.